…cuando la Tierra aún no se había solidificado por ser todavía joven, se asemejaba a una superficie de aceite flotante y a la deriva como una medusa….
KOJIKI. Crónicas de antiguos hechos de Japón.
Pareciera como si el agua tuviese una cáscara, unas costras coloridas en constante estado de movimiento. Las costras en las pieles no se desplazan se quedan quietas como cuidando la herida, reparando el trozo de piel que se rasgó. Las costras están hechas de un líquido (sangre) endurecido, como un fósil repentino. El cuerpo gotea por sus aberturas, como un guatero agujereado, el cuerpo herido se derrama. Si la gota avanza lenta es posible que se endurezca deviniendo una especie de cristal con olor a carne. La sangre se abraza a la herida como una medusa coagulada. El cuerpo humano está hecho de agua, grasa, minerales, los que se asocian erigiendo un ser. Somos como piscinas o manchas con estructuras óseas que nos erectan y nos dotan de nuestra anatomía humana, mamífera. Los tatuajes a veces se mueven, mejor dicho, un tatuaje que se desplaza es el testimonio de que la piel no está quieta. Con lentitud, la piel nos recorre sin nunca dejar de ceñirse a nuestra forma, como una mucosidad que nos cubre, una cáscara blanda, un cuero como un guante de cuerpo entero que procura cautelar lo blando en el interior, que las partes líquidas no se derramen. Un cuerpo que se sumerge en el agua convierte su piel en burbuja humanoide, un límite que separa dos volúmenes eminentemente acuosos. La piel detiene a los dos fluidos de integrarse, sumándose indistintamente, revolviéndose hasta que se vuelvan indivisibles. Dos líquidos que se abrazan, luego, no se pueden separar. Las pieles, las membranas, las cáscaras, filtran los flujos permitiendo accesos controlados de partículas a los cuerpos que protegen. Los poros son como bocas diminutas, aberturas que pueblan pieles para permitir el tránsito de partículas como sudoraciones o vapores.
Al entrar a la galería, sobre su superficie de agua, nos encontramos con lo que parecen ser unas manchas sobre un líquido. Estas no son absorbidas, estas no están disueltas. Como esculturas planas o pinturas con un límite irregular. Una serie de piezas flotantes son puestas en el agua como unas natas de glitter, como telas preciosas endurecidas, como escupos rígidos. Ante la pregunta, ¿Cómo se instala una exhibición en una sala llena de agua? La flotabilidad emerge como estrategia. La escultura suele comportarse como las piedras, permanece quieta. En esta exhibición, las piezas que componen la instalación, deambulan como botes sin timón, un poco como animales ciegos que avanzan empujados por las ondas que se propagan por la superficie del agua. Así como el murciélago mapea la cueva en la que vive a partir de ondas que rebotan en su concavidad, estas figuras aprenden a moverse por el espacio leyendo las ondulaciones que producen los cuerpos moviéndose en su interior. El agua es un inductor del comportamiento espacial de estos cuerpos sin otra conciencia que su capacidad de ser empujados por olas diminutas.
Sobre las figuras
Alexia Macarena tiene un gran archivo de imágenes de prendas de diseñador. A partir de estas realizó piezas de resina inspiradas en sus texturas, patrones y estampados. Alexia tiene una fascinación con la moda, con la cultura de masas y sus formas. Su trabajo suele vincularse al cuerpo, en este caso, el cuerpo está ausente pero señalado por la referencia las piezas de vestuario. Por lo general, al introducirse al agua, el cuerpo se desprende de la ropa, en este caso es como si la ropa se hubiese desprendido del cuerpo, ingresando a la piscina como trapos endurecidos. La ropa toca al cuerpo, se sujeta de su piel. La ropa adopta la forma del cuerpo, es entonces un cobertor, una especie de máscara corporal blanda. Las figuras flotantes no saben desfilar, solo reaccionan moviéndose lentamente ahuyentados los visitantes que los empujan con su sola presencia. Es como si un gran calor hubiese derretido todo cuerpo, dejándonos un pantano con vestidos en su superficie como nenúfares coloridos, manchas flotantes. Suele ser que la mancha sea una parte húmeda y lo manchado una cosa sólida, esta exhibición invierte esta lógica, en este caso lo manchado es un volumen de agua y la mancha una figura sólida (nuevamente, una costra). Si se disolviese la capacidad contenedora de LOCAL, el volumen cúbico del agua se extendería, un volumen cuadrado (una gran mancha) en donde nada podría flotar. La galería es entonces, ella misma una mancha potencial, de la misma forma que nuestros cuerpos también lo son. Nuestra forma (y la de LOCAL) responde a una momentánea estructuración de unas materias que son, en su mayoría, líquidas. En esta exhibición nos sumergimos en una especie de híbrido entre pintura y escultura. Una forma blanda, una superficie líquida con figuras sinuosas suspendidas en su superficie, las que se desplazan ante cada movimiento que pueda proyectar una onda que las toque. En este sentido, siempre que ingresamos a la galería estamos alterando eso que flota, la exhibición misma. Nuestro cuerpo no se sabe separar, porque el medio acuoso no sabe no afectarse, siempre transmite, siempre se revuelve y, como un torbellino de baja potencia, parecemos gravitar y ser gravitados por una exhibición blanda y colorida.
Texto de Javier González Pesce.